martes, 3 de febrero de 2009

Mis primeras croquetas, chispas

Desde que tengo tarifa plana, a parte de haber dejado de gorronearle al vecino, he descubierto un mundo nuevo de posibilidades: un mundo tan ideal como el de Aladín. Como pueden imaginar, a esta mente inquieta y curiosa la red le proporciona una cantidad ingente de estímulos. Con lo fácil que es una. Noticias, nombres, y clips de audio desconocidos hasta el momento; un constante ir y venir de información que hace que a veces hasta me maree; paquetes de datos recibidos y enviados como en un botellón interminable de bits.
Mientras, el router inalámbrico, ese gran desconocido, no deja de emitir destellos anaranjados, que me hacen replantearme si en realidad no me estarán espiando desde una recóndita dirección IP, al igual que yo espío al Vecino por la ventana hasta que me pilla su novia.

Han sido estos unos días muy intensos. Muchas las emociones que me embargaron ante mi primera canción descargada desde el Emule, el burrito amigo de los niños a los que les gusta la música; las primeras películas en cinetube.es, el portal que te deja verlas sin necesidad de tardar tres días en bajártelas. Y más datos y noticias, incesantes actualizaciones, y dale que dale al F5. Lo dicho, un no parar. Pero, qué poco dura la alegría en casa del pobre, lo que traducido a nuestros días de saturación informativa vendría a ser: qué poquito hemos tardado en abrir una incidencia en la empresa grande y azul (¿Timofónica..?)

Ayer, después de haber hablado por nuestro recién estrenado fijo, éste decidió apagarse. Clonck. Su pantallita se quedó en blanco, su auricular sin señal. Ni qué decir tiene que la tele y el combinado incluido en el kit, también. Mierda, y todavía nos quedaban tres pelis gratis de la promoción.

Sí, lo han adivinado. Aquel hombre ha regresado a mi vida, volvió para arreglar este desaguisado. El instalador confirmó que llegaría de diez a once de la mañana. Bingo. No se lo van a creer, estaba tocando el timbre a las diez menos diez. 'El fallo está en el cable', me dijo al mirar por la ventana, 'es que la instalación esta es una mierda, y encima está hecha por el exterior de la vivienda, con el cable pelao... y como ha llovido se ha sulfatado, y claro, así no hay manera'. Claro que no. Qué poca vergüenza, pensé, que una poquita de lluvia me fastidie a mi esta calidad de vida, no hay derecho. Él a lo suyo, ‘¿tienes celo?’, ya empezamos, ¿y qué más..? ‘una bolsa de plástico de las normales, si tienes por ahí..’ Pues por ahí tenía una del Mercadona, que es la que le he dado para hacer el apaño. Qué poco necesitan algunos para dárselas de McGyver por la vida.

A ver cuánto me dura el arreglo, y esto sin querer lo he dicho en voz alta, y él, claramente ofendido ha contestado a mi desconfianza, ‘tranquila, que esto ya no se rompe, te lo digo yo’, pues si me lo dice él. Claro, que él es la misma persona que me ha dicho 'la próxima vez que tengas algún otro problema, llámame al móvil (¿otro problema? ¿de cualquier índole?) Es que no sabes como es esta empresa, cada vez que abren una incidencia y tengo que venir a reparar algo me lo descuentan del sueldo. Vaya por dios, hombre, aquí ya me ha entrado la pena y he estado ejerciendo de terapeuta con él mientras se reiniciaba la tele... ‘Se han puesto en un plan que no es normal' proseguía el pobre compungido, 'da igual que la avería no tenga nada que ver con una mala instalación, como si tu perro se come el router (¿?) me lo descuentan a mí… por eso prefiero que me llames' Vaya tela. Desde este momento, claro está, le he mostrado mi solidaridad, que era todo lo que estaba dispuesta a mostrarle. Al final se ha ido y yo he pegado su teléfono con un imán en la nevera, junto al del Chino Veloz y el de Telepizza.

Así que, para celebrar que la avería ha durado apenas 24 horas, me he adentrado en ese territorio inhóspito que es para algunos la cocina, y me he atrevido a hacer las primeras croquetas de mi vida. Gracias, claro, a la ayuda inestimable de varias recetas extraídas de Google, y a un bacalao desalado en migas patrocinado por Madre. He de decir, aún a riesgo de pecar de inmodesta, que aunque parezcan bolas de tenis, han quedado buenísimas y son comestibles. Ya tengo algo más que añadir a mi currículum en el apartado de aficiones e intereses, las croquetas de bacalao.

Para terminar, les dejo esta joyita, porque creo que ya he descubierto quiénes podrían ser los potenciales espías de mi router. No me negarán que no tiene su gracia la canción (traducida aquí al castellano) que pertenece a un grupo mallorquín de nombre Antònia Font, galardonado en 2008 con el Premio Nacional de Música de Cataluña.
Espero que les guste este toque de frikismo. Aunque, ya deberían estar acostumbrados.

viernes, 30 de enero de 2009

Por mi y por todos mis compañeros

Tengo una cosita para usted.
Una ventanica con datos, referencias:

Periodista con papeles.
Fotosintética certificada en el Sur.
Levemente condicionada por
los ciclos lunares, la marea, la lluvia,
las rebajas, y los cumpleaños propios y ajenos.
Terapeuta ocasional, ocupada en
la recreación de un instante.
Pero, si me pongo podría escribir
casi sobre cualquier cosa:
electrodomésticos inteligentes,
domótica, conglomerados de hormigón,
cosméticos perrunos, lo que sea.
También tengo ilusión, mucha.
Y a Google, la Wikipedia, internet,
banda ancha con tarifa plana.
Emule. Teléfono. Escribo rápido.
Querría no estar desaprovechada,
de mal humor, irascible, quisquillosa.
Por el bien de la humanidad
y de mis familiares:

Trabajo.
Una oportunidad es lo que quiero,
por mi y por todos mis compañeros.

Gracias.

miércoles, 28 de enero de 2009

Quita bicho

Disculpen que me rasque.
Cómo pica
el bicho

jueves, 22 de enero de 2009

Teléfono… mi casa. El blog

(N. de la T. En esta noche tristona de enero. Jueves, lluvioso y frío en Madrid, que amenazaba con nieve. Ay si me leyeran. Les traigo disculpas tardonas, pero sinceras y sentidas, como una misma. Felicitaciones caducadas, entraditos todos ya en 2009. Es que tuvimos una desconexión temporal, metáfora pura de la realidad, cómo es la vida. Los comienzos después de un tiempo siempre fueron difíciles. Comprenderán que los reencuentros deberían ser algo indulgentes. Entiéndanme y perdonen este cierre improvisado. Gracias por su compresión: si todavía queda alguien por ahí…)

Al tema. Después de las plegarias nos encontramos con los hechos. ‘Habemus’ por fin un fijo. Este hecho nos ha sobrecogido. Mi casa ya tiene teléfono. Nos lo han traído un poco tarde los Reyes Magos, que pillaron caravana para un día que trabajan. Ahora con las rebajas nos instalaban el aparato, con complementos y calidad de vida. Sí, un simple teléfono. Pero, más mono, con sus teclitas y sus numeritos, su poquita de pantalla enana donde pone ‘llamada externa’, como del exterior del planeta. Con su cable enrolladito como una espiral de regaliz, y ese timbre raro que todavía no reconoces como propio. Con que poco nos conformamos en épocas de crisis.

Pues, les parecerá una tontería, pero llevo cinco años viviendo en este piso, y hasta hoy nunca lo había sentido una casa que, con el patrocinio de los reyes, está equipada para lo que es la vida moderna, y conectada al exterior. Mucho trabajo le ha costado traer el ‘kit’ y ponerlo en pie al señor instalador, o eso decía en su tarjeta. Qué decir sobre él sin ponernos sentimentales, sin caer en el insulto fácil, en la crítica gratuita. Aquel señor, ese hombre, un trabajador entregado a su labor, con vocación de ayuda a los demás. Todo esto desde el más sincero agradecimiento por las cajas que olvidó en el salón, y que tuve que bajar al contenedor de reciclaje. Un saludo a todos los instaladores.

Sí. Aquel hombre displicente. Llamó para decirme que iría al día siguiente a las 10. Llegó a las 10 y media, y yo no dije nada. Hizo que me levantara muy temprano, casi al alba, para tener la casa preparada, porque un teléfono no se instala por primera vez en un hogar hasta que te llega el momento, y a todos nos llega nuestro momento, como en tantas ocasiones en la vida. En estas se cortan cables, y otras cosas que implican curiosear en el suelo, sofá o aledaños. Las pelusas suelen incomodar a los extraños y conviene hacerlas desaparecer antes de la ronda de reconocimiento.

Bueno. Aquel hombre con mono azul. Entró rudo y raudo en el salón, enseñándome muy rápido su tarjeta de instalador cualificado de la empresa azul. Bajó minutos después a la calle, alegando que había olvidado su mochila con las cosas y el 'kit' de instalador (¿?) Se dejó abierta la puerta y volvió a subir al rato, como si nada. Si la instalación conlleva el posible desvalijamiento del piso por descuido del instalador, a lo mejor me lo pienso mejor y me quedo quietecita, pensé cuando él entraba por segunda vez en el piso, ya sin llamar, como Pedro por su casa.

Ya. Aquel hombre que, incomprensiblemente, tampoco tenía tijeras. Le dejé las mías de la cocina. Aunque por higiene un instalador debería tener las suyas propias en su mochila, con las demás herramientas y antivirus. Ahí ya me preocupé pensando en lo siguiente que necesitaría y yo no podría proporcionarle ¿tenía llave inglesa? ¿un martillo? ¿celo? ¿un soplete? ¿y en la cartera que llevas, el bocadillo del recreo? A estas alturas no podía decirle que me enseñara de nuevo su tarjeta. El mal estaba hecho.

Miren. Aquel hombre tuvo que salir de nuevo, sí. Esta vez a la central de la compañía a recoger el aparato telefónico, porque no estaba en el pedido y si no está en el pedido no lo traigo. Ahora vuelvo, dijo. Y me dije, otra vez que se pira. Tardó aproximadamente, calculando por lo alto, lo que tardas en recoger el teléfono y de paso desayunar algo, que el trabajo cansa y desgasta, todos lo sabemos. Esta vez cerró la puerta al irse. Volvió cuando ya eran las 12 y media, y las ganas de que hiciera su labor y se centrara crecían en mi interior, en claro contraste con su interés por acabar la faena. No hay nada peor que una persona desganada. Bueno lo hay, que vaya a tu casa y sea instalador. Pensaba, y si le dijera que tengo una vida fuera de estas paredes, o, me gustaría salir, a poder ser en el transcurso del día de hoy, y cerrar la puerta para que no entres más. So inepto.

Pues sí. Aquel hombre. Taladró mi casa a golpe de cable, esta vez con sus propios utensilios. Mientras en la cocina servidora asistía atónita al sonido del grapado. Hasta que acabó, dejó las paredes sutilmente agujereadas, recogió los cables, me devolvió las tijeras sin darme las gracias, y se fue por fin.
Nos ha costado. Menos mal que tengo mucho gusto y el teléfono queda muy bien en la mesita, junto a la lámpara maravillosa.

Alabado sea, conectada estoy.

Para terminar, les dedicamos este enlace musical, que se note que se les ha echado de menos.

miércoles, 3 de diciembre de 2008

Historia de un amor

Héme aquí: pelín acojonaílla, lo confieso. Me disponía, como les prometí, a hablarles de una historia de amor, que me hizo comprender todo el bien, todo el mal. Miren que era bonita. Pero no, sin remedio, me bloqueo. Aparece la presión. Le veo las orejas al primo de María Moliner. Los dedos no me responden: salid mamones… cobardes, pecadores. Es inútil cualquier esfuerzo. Mis falanges se meten, a buenas horas asustadas, en las mangas verdes de este jersey de lana. Aquellas palabras que antes se me encadenaban al cerebro, paradójicamente liberadoras, no fluyen como acostumbraban a hacerlo. Se esconden, tienen miedo. De hecho: tengo miedo. Será que esta terapia tiene, como apuntó un avezado lector, la gama cromática que escogería una empresa de pañales ¿Será que me estoy cagando? Va a ser que estoy cagá. Glup.

Basta con decirles que no estoy acostumbrada a beber y me he tenido que servir un Riberilla del Mercadona que me ayude a superar este insólito trance. Vamos, que además del susto, al final me voy a pillar el pedo fácil ¿El alcoholismo es la primera fase? ¿Nos estaremos convirtiendo, sin querer, en una Terapia maldita? O ¿en una maldita Terapia? Para rematar y añadir a esta compresión mental, hoy se me tiene que ocurrir cocinar, y tengo un arroz ‘a banda’ sin gambas, cocinándose a fuego lento. Sorbito.

Uf. Me vienen a la mente insolentes comas, desairadas tildes, y otros signos de puntación de cuyos nombres no quiero acordarme ¿Pá qué? Después, reparo en los lectores que antes no estaban, cuando éramos una humilde terapia. Sí, 'de culto', como la definía Madre de Servidora, con ese afán que tienen las madres de engrandecer las más pequeñas cosas, 'porque mi niña lo vale'. Aquellos tiempos, hace cinco días, cuando éramos cuatro gatos. Y ahora, que casi nos hemos convertido en fenómeno de masas, capaces de movilizar conciencias y promover debates dialéctico/semántico/ortográficos, dudo. Y la duda me corroe. Qué zozobra, jolín. Me responden, diligentes en sus causas, la RAE y el Wordreference.com. Miren, así no hay quien escriba un párrafo, que llevo media hora con los dos anteriores. Esto es un sinvivir. Por caridad, que estamos en paro, no juguemos con las emociones, los sentimientos, y mucho menos con las palabras. Sorbo largo.

Aun a riesgo de pecar de intrépidos, vamos a contarles la historia de amor, que es a lo que hemos venido, mal que les pese. Ya saben lo que les espera, están a tiempo de dejar la lectura. Reciban de antemano nuestras disculpas por las más que probables faltas, y las irremediables omisiones. Vaya por delante la humildad y el buen hacer que nos caracteriza. Super sorbo.

Y sin más demora, al toro, digo al morbo.
Todo comenzó hace algunos años, muchos más de los que nos corresponde admitir. Cuando las nuevas tecnologías no eran tales, porque estaban en pañales y casi no existían para la mayoría. Entonces el mundo no estaba dominado por los señores de Google, ni por esos duendes invisibles que andan detrás del Youtube. No me pregunten por qué, los imagino con un sempiterno acné juvenil, y dificultades para entablar relaciones interpersonales. El correo electrónico no formaba parte de los quehaceres de cada día, y en vez de conversaciones por Messenger las teníamos cara a cara, 'face to face'. Los novietes y novietas, por supuesto, nos los echábamos en clase, a lo sumo en los parques, comiendo pipas. Y durante las vacaciones abríamos nuestros horizontes sociales. A los más afortunados, nuestros padres nos perdían de vista llevándonos a campamentos de verano.

¡Ains, pero aquel Summer Camp fue tan distinto, tan políglota…!

Perdonen la interrupción, mi hermana me grita histérica desde el salón
- ¡Elenaaaa, el arrooooz!
- ¿El arroz? ¡No, el arroz ‘a banda’ sin gambas!
(Joé, ya se me ha pasao el arroz…)

P.D. Continuará, por mis santos ovarios, esta Historia de un amor…